Biografía

 

Desde las profundidades del ser humano

El filósofo Roland Barthes sostenía que cualquier imagen contiene un elevado número de mensajes diferentes. La necesidad de adaptar esta evidencia a la creación contemporánea resulta imprescindible. En este sentido, los últimos trabajos de Jordi Urbón se inscriben en un juego dialéctico con la imagen que desborda los límites convencionales de la interpretación. No sólo la resonancia simbólica y el carácter emblemático de los elementos que conforman su obra invitan a no apremiar las posibles visiones, sino que la riqueza narrativa de sus cuadros apunta hacia la diversificación de los significados. 

Asistimos a imágenes surrealistas de personajes dentro de mundos ficticios, con ciertos matices de “desolación”, cargados de contenido y expresividad, que abocan el espectador a construir su propio relato. Aparentemente, podrían parecer escenas completamente fuera de la realidad, pero lo cierto es que, todo y la ficción, se mueven en un territorio que no nos es nada ajeno.

 Los personajes se proyectan en lugares inquietantes y los elementos oníricos de los que se nutren, parecen dirigidos a remover las interioridades más profundas del ser humano. Es así, como Jordi Urbón hace del arte un instrumento para la exploración de nuevos estados de conciencia.
Desde una minuciosa dicción plástica, Urbón desarrolla un lenguaje propio a partir de la exploración de diferentes técnicas y de la disolución de la hegemonía de una sola herramienta artística. Si bien, la incursión del artista en los medios digitales podría hacer pensar que ha abandonado la pintura, lo cierto es que el vínculo con todo lo pictórico no desaparece, sino que se desplaza hacia nuevas estrategias de trabajo. Con este gesto, Urbón demuestra que los registros pictóricos pueden traspasar las fronteras convencionales  y,  tal vez, dejar exudar la herencia pictórica de siglos pasados.  Así, en el supuesto de que nos ocupa, la utilización de diferentes procedimientos plásticos amplifica las estrategias de representación artística y propicia la transgresión de los límites semióticos de los géneros clásicos, para ofrecer al espectador códigos de interpretación, más allá de los recursos empleados.

 El artista se sirve de una rigurosa construcción formal, el resultado de la cual nuevamente remite al lenguaje pictórico, con el fin de que la técnica quede relegada a un segundo término, para que la condensación metafórica que contiene cada elemento emerja sin límites coercitivos. De hecho, su manera de trabajar se inscribe plenamente en los procesos de mestizaje y de hibridación de los dispositivos digitales que impregnan la creación contemporánea.

Urbón crea un espacio bisagra que se mueve en la ambigüedad, en el cual convergen los aspectos más íntimos de la condición humana. Sus personajes parecen estar situados en un tipo de cruce, al umbral del abismo, en un territorio problemático, que los aboca en un mundo desconocido. Ciertamente, podrían representar una metáfora de nuestros tiempos. La soledad, el aislamiento, la carencia de comunicación o el desasosiego que atraviesa el hombre contemporáneo se ponen a cuerpo descubierto en una época en que el individuo está condenado a vivir una realidad que lo lanza al desamparo. Entonces, es a partir de la profunda imbricación entre las vivencias más individualizadas del sujeto y su proyección hacía el entorno, que la obra expresa las fracturas del ser humano. Es esta necesidad de hacer resurgir en el individuo su capacidad para desencadenar una conciencia que le permita rehabilitar otros mundos, que el artista conduce la obra hacia la recuperación de esferas próximas al inconsciente. Intuimos reminiscencias de una gramática propia del surrealismo y del absurdo, que se encamina a dejar fluir los ritmos poéticos del inconsciente y las voces profundas del ser humano. 

De alguna manera, el trabajo de Urbón desafía los modelos imitativos que parten de imágenes para las cuales el espectador ya tiene una experiencia preconcebida y unos arquetipos asimilados. El contexto escenográfico en que recrea sus personajes y los elementos que incorpora en sus cuadros actúan precisamente rompiendo las lecturas convencionales con objeto de propiciar asociaciones inusitadas. Así, se entrega a un juego imaginativo entre lo real y lo irreal, desde el cual se intuye una interioridad dolorosa, confesional, reflexiva, no exenta de toques de humor. Sentimos la oscura presencia del símbolo en las piedras, los embudos, los gansos…, que recrean un mundo misterioso, donde el refugio está construido de sombras inciertas. En definitiva, nos enfrentamos a un atlas humano forjado de un sujeto que huye y se refugia en sí mismo, en un ir y venir del ser hacía adentro y hacia afuera, que bien podría ser el reflejo de una tortuosa escisión entre lo más íntimo del sujeto y el cuerpo social en que se ve obligado vivir.

 

Magdala Perpinyà Gombau           

 

This post is also available in: Inglés, Catalán